Se está quedando dormida cuando ve entrar en la habitación una figura enorme y espectral que se detiene junto a su cama. Por las persianas se cuela una claridad grisácea que la tiñe de un brillo ceniza. Es Princesa, una chiva negra de orejas caídas que aprendió a abrir los cerrojos y escaparse. Levanta la cabeza, da pasitos cortos en el lugar, la huele ansiosa. Livia se sienta en la cama, pero una punzada en el útero la obliga a doblarse. ¿Cuántas veces había sentido un dolor así al mismo tiempo que alguna de sus cabras, a unos metros de la casa, gemía por las contracciones? Un don, le había dicho su marido, la capacidad de sentir lo mismo. Eso es lo que vos tenés, Livia, te suena el cuerpo cuando comienza la parición. Había desaparecido después del colapso, pero esta noche, el don volvió.
