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Si el cine fuera olfativo, Tres hermanos olería a madera, sudor y barro. A testosterona. El film de Francisco J. Paparella, ganador del Premio Especial del Jurado en la última edición del Festival de Mar del Plata, pinta un mundo herméticamente masculino, en el que la masculinidad está asociada con la fuerza, el esfuerzo, la violencia descargada y contenida. Las mujeres son descalificadas, forzadas o abandonadas. Salvo una, que como en el tango es la madre, cuya muerte no termina de ser elaborada por los hijos. Todo transcurre en un mundo primario, en medio de una naturaleza indómita y entre negocios no del todo legales, donde cazar un jabalí a cuchillo es un hábito. Todo tiene un aire trágico, pero implosionado, porque los hombres no deben demostrar sus emociones.

Tres hermanos tiene lugar alrededor de un aserradero familiar ubicado en Río Negro, al borde de un bosque y de un río, cuyas aguas amenazan con desbordar una represa. Cuando Walter vuelve a la zona, tras haberse quedado sin empleo en la línea de buques de carga donde trabajaba, acaba de tener lugar un incendio. Uno más, cosa común en las inmediaciones. A cargo del aserradero familiar están el hermano del medio, Matías, y el menor, Marcos, que se disponen a hacer un traslado de troncos en forma ilegal, sin informarle a sus tíos, que son parte de la empresa. Si Walter se la pasa tomando cocaína, dando la sensación de que en cualquier momento va a estallar, Marcos estalla regularmente, tirando palazos a la batería de un grupo de heavy metal o haciendo tomas de jiu jitsu en un gimnasio. Si algún compañero lo doblega en un combate, si se lo cruza por la calle va y le parte la cara: su resistencia a la frustración es bajo cero. Matías, a su vez, tiene un problema serio, en la zona más simbólica posible en este mundo cerradamente masculino: un testículo. Y por supuesto que no se lo cuenta a nadie.

La cámara es como si fuera el cuarto hermano. El más callado, el más introvertido, el más observador. Como la caza del jabalí, como lo dice la letra del grupo Malón que sirve de acápite (“acaricio la crueldad del mundo y su dolor”), el mundo de Tres hermanos es duro, despiadado, cerrado, y el relato se ajusta a él con sequedad, sin pedir permiso. “No servís”, le dice Walter a una prostituta, y se la saca de encima. Más tarde, cuando furtivamente se acerca a la casa de su ex esposa, para ver a la hija a la que no llegó a conocer, aquélla lo echa a gritos, sin dar alternativa a nada. En medio de un baile, Matías invita a una chica a salir un rato, luego a subirse al camión, y aunque ella le pide que se ponga un preservativo, él no le hace caso. Esto hace eco con el pasado de Walter, quien evidentemente embarazó a la madre de su hija y después se fue. Si la chica con la que Matías acaba de tener una relación llega a quedar embarazada, ¿él va a quedarse a su lado? ¿Cuando se trata de una relación circunstancial?

Tanta implosión silenciosa (los hermanos solo dejan asomar un poco lo que sienten cuando recuerdan a su madre) tiene su correlato en la violencia del río, que amenaza con salirse de cauce y romper la represa. A menos que se lo desvíe, algo que un conocido advierte a Matías. No le hace caso, lo cual da lugar a una secuencia en la que la naturaleza se desborda, se vuelve salvaje, algo que no es habitual ver en el cine argentino, habitualmente tan calmo. Allí sobreviene la tragedia que se ha venido amasando a fuego lento, que hace eco, a su vez, con la muerte de la madre, y que los hermanos no han hecho nada por evitar. Como si siempre hubieran querido condenarse a ella, sin decir una palabra. De allí la violencia a fuego lento, que implosiona, implosiona, implosiona, hasta que rompe el dique.

FUENTE> P12.COM.AR

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