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A veces, la ficción tiene la intuición azarosa de mostrar la posibilidad de una realidad futura. En tiempos difíciles para la Argentina, mientras se debate, entre otras cosas, el destino de la universidad pública, los directores Benjamín Naishtat y María Alché pensaron, escribieron y dirigieron Puanun film en el que la Facultad de Filosofía de la UBA no sólo es el epicentro donde transcurre la historia, sino un motivo de lucha y defensa de lo que hoy verdaderamente está en juego en la Argentina. Porque está claro que el destino de la universidad pública está amenazado. 

Pero al igual que en el comienzo de esta nota, Puan es una ficción. Muy verosímil con los tiempos que corren, pero es una ficción. Y nadie puede tildar a los cineastas de oportunistas porque cuando este largometraje se pensó y se filmó todavía no se conocían las ideas de cierto candidato presidencial: el rodaje fue el año pasado. Desde este jueves 5, los espectadores podrán ver esta notable ficción y preguntarse: ¿Cómo sigue esta realidad?

Pero, ¿de qué trata Puan? Marcelo Pena (Marcelo Subiotto, con una actuación notable) ha dedicado su vida a la enseñanza de Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Cuando su mentor muere inesperadamente, Marcelo asume que heredará la posición de titular de Cátedra. Lo que no imagina es que Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia, en un papel muy opuesto al de Subiotto, pero también excelente), un carismático y seductor colega, regresará de su pedestal en Europa para competir por el puesto vacante. Los torpes esfuerzos de Marcelo por demostrar que es el mejor candidato desencadenarán un divertido duelo, mientras su vida y su mundo entran en un espiral de caos.

El film llega con grandes pergaminos en su camino inicial. En la 71ª edición del Festival de San Sebastián que culminó el sábado pasado, Puan se alzó con dos importantes premios: su protagonista, Marcelo Subiotto, se llevó la “Concha de Plata” a la Mejor interpretación protagonista (Ex-aequo) -compartido con Tatsuya Fuji por Great Absence-, mientras que María Alché y Benjamín Naishtat cosecharon el Premio del jurado al Mejor guion. El largometraje del director de Rojo y de la directora de Familia sumergida también fue elegido por los miembros de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina para representar al cine nacional en la próxima entrega de los Premios Goya, considerados los “Oscar españoles”.

“Estoy disfrutando mucho de este reconocimiento del jurado de San Sebastián, ya que se trata de un premio que tiene el prestigio de semejante festival, así que es un honor”, sostiene Subiotto en diálogo con Página/12. “No puedo dejar de ver en este premio el reconocimiento a un trabajo colectivo. Si bien es mi nombre el que está en primer plano, no puedo dejar de ver que ese personaje tiene muchas aristas en su composición que lo hacen ser lo que es. El vestuario de Mariana Seropian, el look definido por Marisa Amenta, el trabajo de María Alché y Benjamín Naishtat, primero como guionistas, y luego como directores, la capacidad de una directora de fotografía de lujo como Helene Louvart, para que ese personaje aparezca como lo hace en la pantalla. Eso es el cine, una potencia colectiva, preciosa. El actor aporta un 30 por ciento de todo eso, su responsabilidad es entender que de ese porcentaje tendrá que darlo todo, justamente porque ‘juega en una baldosa’”, completa con elogios Subiotto.

Su colega, Leonardo Sbaraglia, afirma que “fue súper poderoso lo que pasó con Puan en San Sebastián, y desde antes que se presentara había un muy lindo run-run de que la película era muy buena”. Y en relación a Puan estrictamente, subraya: “Aunque está tocando una problemática bien actual en la Argentina, yo creo que nos dimos cuenta de que no solamente va a ser conmovedora en nuestro país, sino que es algo que evidentemente está pasando y está conmoviendo en otros países”. El coprotagonista entiende que “no son temas de ahora sino de toda la vida, pero que evidentemente en este momento funcionan como un disparador y como una posibilidad de volver, en principio, a poder pensar en una película que no solamente tiene todos los valores y una riqueza cinematográfica y compleja, sino que también es una película que se transforma en necesaria; en necesaria también por su complejidad”, entiende Sbaraglia.

-¿Cómo vivieron el rodaje en el mundo universitario?

Marcelo Subiotto: -Muy bien. Hay una particularidad en el trabajo de la universidad y en todos los ámbitos, de haber organizado ese universo con gente del lugar. Entonces, eso ayudó muchísimo. Era realmente como estar en la universidad. Por momentos, las escenas tenían un costado casi documental.

-Además, vos estudiaste filosofía…

M. S.: -Estuve un tiempito cursando algunas cosas ahí, así que también me resultaba familiar. Pero el acierto fue estar trabajando con alumnos que se prestaron a participar de la peli. Ese mundo se armó, entonces, mucho más fácilmente. Y eso colabora un montonazo con lo que a uno le toca hacer.

Leonardo Sbaraglia: -En mii caso, fue parecido. Estábamos haciendo algunas escenas y estábamos rodeados de estudiantes y con gente muy relacionada a las clases de filosofía. Y yo todavía estaba estudiando una de las masterclass que tenía que dar mi personaje. Así que la iba cotejando con los chicos ahí y me iban corrigiendo. Ese contacto estaba bueno. Había un contacto muy directo con algo de lo real. Además, tanto las clases que dio el personaje de Marcelo como la que le tocó a mi personaje, la mayoría de los que fueron a presenciarlas eran alumnos de ahí.

M. S.: -Nos hicimos los profesores adelante de los alumnos (risas).

L. S.:– ¡Terrible! ¡Una falta de respeto! (risas).

-¿Les resultó sencillo el texto de la película con las citas de filosofía?

M. S.: -No, pero lo trabajamos un montonazo. Trabajamos con profesores…

L. S.:-Diego Sztulwark, que lo conozco casualmente de otro lado, me ayudó. Y, además, estábamos en contacto con los chicos. También tuvimos reuniones con otra filósofa, Jazmín Ferreiro.

M. S.: -Ella dio una clase en Lugano, que la fui a ver. Tuvimos mucho. También con el papá de Benja, que es filósofo, por el tema de Heidegger, que menciona mi personaje en las clases que le da a la señora adinerada. Siempre estuvimos con el medio académico para entender. Y los chicos también se encargaron de trabajar mucho sobre esos textos para que, a la vez, ese universo académico tenga una lectura para el espectador.

-Todo eso los ayudó a componer después los personajes, ¿no?

L. S.: -Después fuimos entendiendo lo que ellos querían como directores. Ellos querían cosas muy concretas. Yo no tuve tantos ensayos, Marcelo tuvo muchos más. Fue ir apuntalando y, a la hora del rodaje, se fue afilando y afinando. Y ellos también. Los directores se van dando cuenta en la medida que se va rodando qué es lo que va a funcionar. No es que todo el mundo sabe lo que va a hacer: también hay algo que va surgiendo y ahí se van dando cuenta de qué es lo que mejor funciona. O a veces, se hacen varias alternativas. En el caso de Rafael Sujarchuk era difícil porque es un personaje que no se sabía bien cuál era la mejor versión, en relación a cómo aportar a la película, de qué manera, si era un personaje que tenía que caer mejor en ciertas partes, peor en otras. Había cuestiones que tenían mucho que ver con la comedia, con este contrapunto que tenemos entre los dos. Sobre todo, las primeras escenas son muy graciosas.

-¿Ves a tu personaje como un poco soberbio, sobre todo al principio, y algo de excéntrico?

L. S.: -Sí, no sé si soberbio, pero es un personaje que tenía que caer insoportable. Muchas veces repasando los textos con mi hija, que va al Nacional Buenos Aires y tiene algunos profesores de Filosofía, ella me decía: «Es insoportable, me hace acordar a tal» (risas). Yo repasaba la letra y me decía: «Es insoportable, no lo quiero». Y el personaje es un poco así. Es como esos hombres sobrados.

M. S.: -También el contexto cuenta los personajes, porque Rafael entra en un contexto que es muy a favor de esa personalidad. Tal vez si se encontrara con un par como él, le veríamos otros registros. El llega a un lugar, donde obviamente, va a abrir el abanico…Y tiene de todo. También me parece que él quiere entrar en el universo de la UBA. Y es honesto en eso. Tal vez, la paranoia de mi personaje, Marcelo Pena, de sentirse tan arrinconado, lo muestra soberbio a Rafael, pero también hay humanidad en ese personaje.

-¿Tu personaje tiene una postura más transparente que el otro?

M. S.: -Es tal vez más parecido a todos nosotros. Todos tenemos esas miserias y nos ponemos una máscara social de la mejor manera posible. Los actores laburamos todo el tiempo con eso para componer los personajes: saber las contradicciones que lo conforman, que le organizan la línea dramática. Marcelo Pena tiene unas miserias que no las conoce. Es más: justamente, la aparición del personaje de Leo le va a poner un espejo sobre eso, un espejo fuertísimo sobre eso, que no se lo va a bancar y que lo va a llevar a un derrotero a lo largo de toda la película.

-La película tiene humor, y sobre todo al principio, transita la comedia, pero en determinado momento toma otra dirección. ¿Ustedes lo ven así?

L. S.: -Es muy loco, pero cuando hicimos la película el año pasado, en noviembre, tenía como algo distópico, que uno decía: «Esto está un poco corrido». Y, sin embargo, hoy en día, se la ve actual después de un año. Eso te pone un poco advertido, un poco triste, y te enfrenta con una realidad que es la propia, y que es esta realidad difícil. Lo que pasa es que la película maneja el tono de comedia, es una comedia, pero es una comedia que te da en la argentinidad más profunda, en lo que son las cuestiones universitarias, las cuestiones de la educación, en lo difícil que es vivir en la Argentina, con todo lo maravilloso que tiene este país, pero también con todo lo duro que se ve y se respira.

M. S.: -Creo que eso nos excede. Nuestros contextos son duros. Cuando uno empieza a salir afuera, lo ve con mayor detenimiento. Nuestros cotidianos son así: son pendulares, son bravos, y me parece que lo que refleja la película es esa cuestión que nos toca vivir, ese cotidiano al que estamos acostumbrados y que cuando vas a otro país, no pueden creer que vivimos con las situaciones que vivimos, con las crisis que tenemos. Y en uno de esos movimientos del péndulo está instalado este momento de la película.

L. S.: -Es interesante porque hay unos textos de Sujarchuk que dicen: «Hay algo de este caos en el cual se vive la Argentina que es como gasolina de lo creativo». Ese es un texto que yo podría decir. Habiendo vivido diez años en España -y sin querer ponerme crítico de ninguna situación de allá-, hay algo de este país que estamos acostumbrados a construir la creatividad en el medio del caos, de esta tensión. Nunca están las cosas armadas del todo. Siempre se arman y se desarman. Hay una estabilidad en otros países que no sé hasta qué punto es tan vital.

-La película presenta un contexto de la realidad universitaria que bien podría darse en la realidad. ¿Hablaron de esto en las discusiones que tuvieron de la historia?

M. S.: -No, este guión yo lo leí como cuatro o cinco años atrás. Está en este ADN nuestro que tiene una movilidad la cuestión política, social y económica, que hace que si contamos una película sobre la Argentina, la contemos cuando la contemos va a haber problemas con el dólar, por ejemplo, seguramente vamos a tener un problema con el cierre de fábricas. En algún momento, pasamos por ahí. Ahora, nos toca un momento que por ahí lo asociamos más. Pero no tuvo una idea de contar desde una postura política.

-¿No la ven como una película política?

M. S.: -La película es política como todo. Obvio que lo es. Como todos nosotros, es a pesar nuestro. Eso es así. Y la película toca ese costado. Sucede en la universidad pública de Filosofía. Es imposible que no tenga una mirada política. Y eso es lo rico de la película porque hace que el contexto que estás filmando exceda la temática, no la tenés que forzar. Y hace que aparezca de manera tal que, a vos como espectador, te va a interpelar. No te va a explicar cómo son las cosas. Y cuando salgas de verla verás cuáles son las preguntas y respuestas que tenés con respecto a eso, si es que tenés las respuestas. Yo no las tengo, pero las preguntas que te genera son muchas. Me gusta pensar la película como la de un personaje que se ve obligado a transitar un duelo de una figura casi paternal y que cuando transita ese duelo, ese tránsito le abre luz sobre un montón de lugares que no estaba observando. Por ejemplo, cómo vive su familia, cómo su mujer sigue teniendo una vida y él ha quedado veinte años cristalizado, cómo resulta que la cátedra no era la verticalidad que era cuando estaba Caselli y que con la muerte de ese profesor cada uno tiene su cabeza, su pensamiento, cómo Sujarchuk le viene a despejar justamente todo esto, cómo Sujarchuk también viene con la fantasía de llegar a la Argentina porque quiere volver a vivir acá y lo que recibe es un palazo en la cabeza y, entonces, ya no sabe si es así…Todo eso me parece que es lo político y lo más interesante de la película es lo que interpela. Y lo que tiene de bueno es que está contada a partir de esa estrategia de la ficción, de cómo sobre la biografía de ciertos personajes, vemos un panorama mucho más amplio que un personaje que diga «Lo que hay que hacer es esto».

L. S.: -La película es el derrotero del despertar de este hombre. Está en una situación muy protegido, muy acomodado y, de pronto, se tiene que despertar.

FUENTE> P12.COM.AR

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