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Marcelo trabaja en el motor de un jeep mientras uno de sus hijos lo observa. El tatuaje en uno de los brazos y las pintadas en esténcil del galpón repiten la inconfundible silueta de las Islas Malvinas (sobre la chapa marrón, en tinta celeste, se le suma al dibujo la palabra “resistencia”). Marcelo Wytrykusz es un veterano del conflicto del Atlántico Sur y el largometraje documental de Juan M. Bugarín concentra gran parte de su atención en los quehaceres cotidianos, la relación con la familia y amigos, las reuniones públicas y privadas con otros exsoldados. Pero Puerto Deseado también acaricia el sueño, a priori difícil de realizar, de su protagonista: zarpar con la pequeña lancha “Hueso” hacia el sur del continente, navegar las peligrosas aguas del fin del mundo, tocar tierra en algún rincón de las islas y, sin pedirle permiso a nadie, plantar allí una bandera argentina. Como lo hicieron hace casi sesenta años los miembros del Operativo Cóndor, que no casualmente son citados en un par de ocasiones (Marcelo incluso llama por teléfono en cierto momento a Norberto Karasiewicz, uno de los entonces jóvenes “cóndores”).

“Filmar esta película fue ingresar en una herida abierta y explorar un mundo desconocido con paciencia antropológica. Tocar esa herida dispara inmediatamente reacciones de una sociedad que aún no digiere un trauma”, escribe Bugarín en la gacetilla de prensa, un texto de presentación con forma de carta de intenciones. Es que la cuestión malvinense sigue interpelando de diversas maneras a la sociedad argentina, y los puntos de vista sobre la soberanía y cómo defenderla –desde los extremos a cualquier posición intermedia– disparan de inmediato toda clase de entreveros y discusiones, muchas de ellas contrapuestas e irreconciliables. Marcelo es un hombre que sabe de ovejeros alemanes pero, sobre todo, de autos y navíos, y la película lo presenta describiendo hasta el último detalle los problemas de una camioneta. También es un nacionalista de pura cepa, un padre preocupado por el futuro de sus hijos –uno de ellos está en rehabilitación– y un obsesivo de la elaboración de planes algo quiméricos.

Cuando durante una reunión de veteranos expone su peligroso plan, uno de los excompañeros le dice con una sonrisa en los labios que las posibilidades de no irse a pique son del diez por ciento. “Marcelo es un personaje ruidoso, incorrecto, difícil de abordar, espinoso”, afirma el realizador en ese texto de presentación. Para abordarlo y no perderse en el camino, Bugarín opta por el modelo documental observacional, que apenas es quebrado en un par de instancias. Tal vez la más ostensible sea el momento en el cual Marcelo, molesto con los bocinazos que recibe desde otro automóvil, le grita al conductor “Estoy de servicio, carajo”, y en la banda sonora la música adquiere fugazmente un tono ominoso. Tal vez el mayor mérito de Puerto Deseado sea la manera en la cual conjura indirectamente las posiciones sobre esa guerra del pasado y sus esquirlas en el presente, sin abandonar nunca la mirada del protagonista.

FUENTE> P12.COM.AR

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